II Capitulo: Dário

Eran cerca de las doce de la noche. Miraba con detenimiento a la chica que estaba frente a él. La mirada dilatada y una mueca de dolor en su rostro. Sonrió al saber que hacia bien su trabajoLa escucho llorar. La escucho suplicarle que le dejase con vida. Pero su trabajo era su trabajo y  debía cumplir con las órdenes de su jefe. De hecho la mayor parte de sus víctimas eran personas ricas de las cuales nunca había oído ni conocido. Así que; si le preguntaban, no era nada personal.

¡Por favor! Suplico una vez más en vano, ella al ver que se divertía con su dolor.
Aunque quisiese…no puedo dejarte con vida -le confesó- tengo ordenes de matarte por los medios más dolorosos posibles, admitió después.
¡Pero yo no te hecho nada! grito desesperada intentando vanamente escapar.

En aquella silla de madera donde ya muchos habían muerto, se movía de un lado a otro a causa del forcejeo que ella aplicaba. De nada le serviría. Estaba lo bastante bien sujeta como para escapar, no tenía salvación.
A mi no por supuesto -respondió- pero tu padre a mi jefe le debe mucho dinero, le dijo sin más.
Las lágrimas se acoplaban en aquellos ojos de la mujer.
¡Por favor! pidió una vez más aguantando el dolor que los forcejeos provocaron en sus muñecas.
Eres una chiquilla fastidiosa -le dijo mirándola con fastidio- será mejor que acorte tu sufrimiento, le dijo mientras sacaba de su bolsillo un pequeño bisturí.
Siento como la sangre se le helaba. Luchaba con todas sus fuerzas por liberarse de su opresor, pero nada valdría la pena. Ya no podía hacer nada.
Buen viaje -le sonrió.

Aquellas palabras fueron lo último que pudo escuchar. Le había arrebatado la vida cortando su cuello. El liquido color carmín corría con rapidez de adentro hacia fuera. Sonrío a un más con satisfacción al saber que había hecho un buen trabajo. Aquella sonrisa psicópata en su rostro asustaría a cualquiera. Era uno de los mejores asesinos del país. Podía asesinar con cualquier tipo de arma que tuviese en la mano. No había pruebas que lo delataran. Cuando la policía iba, el venia de regreso. Todos y cada uno de sus trabajos eran impecables. Ni una sola huella, ninguna mancha de sangre, ni si quiera una mínima gota de sudor. Nada podía decir que era el asesino más buscado del país. No había nada.

Su jefe es su padre. Cuando su padre era joven puso una bomba en la tierra, debajo de un banco bien oculta, nadie sospechaba de la bomba y tampoco de él. A las 7:15 pm de la noche murieron 98 personas inocentes y sólo lo hizo por placer y diversión.

A su hijo Dário le había enseñado todo lo que sabia de matar, desde muy joven. Solo mandaba a matar a las personas que le debían dinero, y si no pagaban. Por venganza mandaba a su hijo a matarlo. Le enseño a matar, actuar y a tener dos personalidades; la suya y la del chico estudioso e inocente, para que nadie sospechase de él. Se sentía orgulloso de su hijo, iba a seguir sus propios pasos. También le enseño a ocultar sus sentimientos para poder matar sin remordimiento. Los sentimientos eran debilidades, ¡fallas! de los seres humanos.

Dário sentía placer de matar, le gustaba el trabajo que le había dado su padre y era bueno en el. No sentía remordimiento, nadie sospechaba de él, no respetaba a nadie excepto a su padre, por quién tenía un gran respeto.
Él iba a clases, tenía amigos y era el mejor estudiante del colegio. (como si fuese una persona normal); pero en verdad, era un asesino sediento por arrebatar vidas como un psicópata.