—Y dime, ¿cómo va todo? — una escurridiza voz se coló en aquellas sombras. Apenas era audible y sus palabras fueron lentas, una por una, casi como un leve murmullo poco entendible.
—Muy bien. Ahora mismo está por salir. —respondió alguna otra voz más grave que la anterior y con un toque de frialdad. — Creo que saldrá bien este plan, después de todo no es tan difícil. La chica no parece fuerte, mucho menos esos idiotas que le tienen vigilada…— una sonrisa forzada apareció en su rostro al momento que el extraño sujeto se acomodaba en su escondite.
—De acuerdo, dejó esto en tus manos. Yo sé que lo harás bien hijo, confió en ti y en tus habilidades.
—Muy bien.— susurró mientras apagaba de mala gana el teléfono celular. Se oculto bajo un arbusto que estaba al lado del árbol en el cual se encontraba, y miró detenidamente todo el sitio de mala gana. A lo lejos, divisó aquel grupo de guardaespaldas impacientes por la salida de cierta chica; ya que, al parecer llevaban varios minutos esperando.
Y entonces, su presa apareció en escena; era yo, de cabello castaño y largo saliendo del aquel lujoso Instituto. Soltó un bufido malhumorado constatando que afuera del Instituto, un buen grupo de adolescentes distraían su visión. Sin embargo, haciendo uso de sus habilidades logró sostener su arma con agilidad apuntándome como a su víctima, y apenas corrí hasta mi limosina.
Ése día, mucha sangre se derramaría en los alrededores.
—Patéticos — susurró al ver al grupo de guardaespaldas, quienes se comportaban con educación al toparse conmigo. En ese momento, como si el tiempo se detuviera, colocó fugazmente en posición correcta su arma. Su blanco estaba claro y desde su escondite en aquellos arbustos, sería imposible que le vieran. Y con puntería maestra, sólo jaló sin piedad el gatillo del arma.
Un grito fue suficiente para constatar que había dado en el blanco.
Me encontraba petrificada en el lugar, mirando un río de sangre que brotaba de la cabeza de un guardaespaldas, aquel que justamente hace unos segundos me estaba abriendo la puerta de la limosina para que entrara. Asustada, sólo atiné a gritar horrorizada al observar la sangre a mí alrededor y los ojos blancos sin vida del pobre sujeto. Fue entonces cuando el mundo se detuvo… Noté como los demás guardaespaldas buscaban con desesperación al responsable de tal acción, pero escucharon como los estudiantes gritaban horrorizados y corrían desesperados por todas partes llenos de pánico. Enlistaron sus armas en sed de venganza por la muerte de su compañero, y por mi protección, ya que había un francotirador suelto.
—¡Señorita Athena por favor entre al vehículo y no salga por nada del mundo! —fuera de mi mundo en algún estado de shock, entré a la limusina como si de ello dependiera mi vida.
— Bien, hay un francotirador a los alrededores. Ya saben lo que debemos de hacer -cargando municiones en su arma rápidamente e intentando observar por todas las direcciones posibles. — Protejan a la Señorita Athena antes de que…
