V capitulo: : El Crimen




Su frase fue cortada por una bala que atravesó su cabeza. Dentro del vehículo, ahogué un grito de horror acumulado al ver muerto a otro guardaespaldas, lágrimas recorrieron mi rostro antes de que el lugar se inundara de sangre.
.
—¡No! ¡Rick! —gritaron sus compañeros viendo el cuerpo inerte de su amigo en el suelo.
Con indignación y sed de venganza en su sangre, algún otro guardaespaldas alzó su arma en busca de aquel asesino. Buscaron con la mirada ágilmente el escondite de ese bastardo, pero los gritos de agonía dentro de la lujosa limusina; les hizo recapacitar que estaba adentro, y el sonido de una bala impactándose sobre el vidrio de la puerta; les asustó de sobremanera antes de que yo y todos los presentes fueran testigos de que más balas fueron a dar en aquel vehículo.

Y la adrenalina corrió por las venas de aquel guardaespaldas, antes de que una batalla se produjera en ese mismo lugar, con agilidad corrió hasta la limusina abriendo de golpe la puerta trasera. Entonces un pequeño bulto que temblaba en los asientos traseros le hicieron devolver la esperanza. Estaba con vida, llorando y agonizando ante el susto después de que varias balas habían impactado el vehículo en donde se encontraba. Pero el tiempo estaba en su contra, no pudo constatar si había resultado herida o no, simplemente la tomó del brazo sacándola de ese sitio.
—¡Señorita, salga de prisa! —hecha un mar de lágrimas, sostuve la mano del guardaespaldas entre la suya antes de sentir que me jalaban al exterior del vehículo.
 — ¡Debemos escapar cuanto antes! ¡Sígame! — apretó más mi agarre, aferrando mi vida en ese acto.
—S-sí…— fue la única expresión que salió de mi boca antes de sentir como ahora se encontraban corriendo entre el estacionamiento del Instituto. Sentía la mismísima muerte tras mi espalda siguiéndome los pasos sin piedad.
No quería ver hacia atrás, el simple hecho de escuchar los gritos de agonía de los estudiantes y de los guardaespaldas caer sin vida, era realmente doloroso y estremecedor. Pero en algún descuido, mi vista miró al mismo demonio saliendo de los arbustos. No lo reconocí y no supe quién era, pero sabía en el fondo que era el responsable de esa masacre. Y sólo sentí un agudo nudo en mi garganta al constatar que aquel sujeto corría hasta nosotros con gran velocidad.
No grité, no dije nada y no pensé en esos instantes al observar que la muerte estaba tan cerca. Sólo un apretón de la mano del guardaespaldas me hizo volver a la realidad, al descubrir que ya habíamos salido del Instituto y ahora se encontraban corriendo desesperadamente por alguna de las calles de Nueva York.
 Algunos vehículos se observaron a lo lejos ya que el semáforo estaba en rojo haciendo un tráfico de lo peor en ese lugar.
Fue el turno del guardaespaldas mirar hacia atrás y encontrar al asesino a escasos metros de nosotros. Con agilidad sacó su arma de entre sus bolsillos mientras apretaba el gatillo ante mi grito de susto. Pero no dio en el blanco y sólo vi que el cuerpo del guardaespaldas cayera al suelo bruscamente. Su nariz sangraba, seguramente la tenía fracturada después del golpe que ese maldito sujeto le había dado cuando había corrido hasta ellos a una velocidad impresionante.
—¡Sálvese señorita! — gritó el guardaespaldas en su agonía, y vi el rostro del asesino que estaba dispuesto a acabar con mi vida.
Unas gafas oscuras impedían ver sus ojos y se amoldaban con sus crueles facciones: cabello rubio se perfilaban con algunos toques negros y un suéter azul oscuro cubría su cuerpo mientras alzaba su arma para dispararme.
—¡No! —sin embargo no recuerdo nada más, pues mi vista se nubló por completo y todo se volvió oscuro.
La bala no me había alcanzado, y ahora, me encontraba corriendo entre los carros estacionados debido al tráfico. Alcé mi mano desesperada deteniendo un taxi en su trayectoria. El conductor, de edad adulta, le pegunté cortésmente hacía dónde se dirigía. Como pude, le di la señal que se alejará cuanto entes de ese lugar. El semáforo indicó el verde para que el taxi arrancara su marcha, entonces, al sentir que ya no había peligro alguno, me dejé caer sobre el asiento trasero respirando con dificultad.
Todo era tan confuso, que mi pobre corazón parecía que iba a saltar de su sitio en cualquier momento.