III Capitulo: Athena

Logre suspirar con cierto fastidio, mientras que con suma lentitud coloque mi mano derecha sobre mi barbilla, mirando sin emoción alguna al pizarrón y observe con aburrimiento al profesor que daba clases explicando sobre, quién sabe qué cosas extrañas para mí. Despacio, puse mi vista a un lado notando como algunas de mis amigas platicaban animadamente o simplemente se maquillaban un poco, no prestando la mínima atención a la clase al igual que yo.

Mire mi cuaderno de estudios con igual aburrimiento, ni siquiera me había tomado la molestia de abrirlo y apuntar lo que estaba explicando el maestro, simplemente quería salir del salón lo más antes posible. No  faltaba mucho para que el sonido del timbre retumbara en todo el lugar indicando que era la hora de salida: la hora que seguramente todos anhelaban y sobre todo, la de marcharse a casa lo más antes posible. Hoy no había sido uno de esos lindos días… al contrario, todo eso me tenia fastidiada. No había dormido mucho la noche anterior por eso solo quería llegar a mi casa, para poder al menos dormir un poco.

¡Señorita Athena!-grito el profesor, causando que  mirara sorprendida. Me había atrapado. Me había visto en un momento, mientras estaba a punto de dormirme sobre mi pupitre.

-¿Me podría explicar exactamente, cuál es la formula general para las raíces cuadráticas? Y para colmo, no tenía la mínima idea sobre la dichosa fórmula general o lo que fuera que le habían preguntado.
                    
—Estoy esperando Srta. Athena — con lentitud el profesor se cruzó de brazos. Por mi parte, sentía que mis mejillas se volvían algo rosadas- Estaba avergonzada al sentir las miradas de burla de mis compañeros sobre mí.

—Sí no me responde, le aseguro que le daré un reporte que será dirigido a su expediente. — Me amenazó al punto que abrí mis ojos sorprendida.
—Bueno profesor - reí con nerviosismo mientras colocaba una mano detrás de mi cabeza.

— Verá, sí me sé la formula pero —mentí mientras sonreía tontamente para distraerme un poco- Es que en realidad, no tenía ni la mínima idea de qué era esa tal fórmula de la que hablaba. 

— Es decir  ¿para qué quiere que se la diga?
El profesor frunció el ceño al momento de dedicarle una mirada amenazadora. Estaba claro, que no tenía todo el tiempo del mundo para escuchar las patéticas excusas, de una adolescente que no ponía atención a clases.

—Creo que hay cierta lógica en esto —sonreí de lado. Sí, le digo que me sé la fórmula y usted como profesor se la sabe de memoria, ¿por qué decir algo que ya sabemos? Digo, no le veo la necesidad.

—Sí hay necesidad… ¡Dígala! — gritó el profesor casi al colapso del enojo debido a mi, tonta chica rebelde, lo estaba sacando de sus límites.

—Pues -y tragué un poco de saliva, realmente no sabía esa dichosa fórmula y sí no contestaba rápido, seguramente me iría muy mal. Y que mal! -un reporte en mi expediente si es que eso se consideraba "mal". Es -balbuce un poco más girando mis ojos por todas partes buscando alguna otra excusa para salir de ese lió.

¡RING!

—¡Maldición! —susurró el maestro observando cómo los alumnos gritaban como niños de Kínder y yo suspiraba un poco aliviada. Me había salvado la campana ésta vez, seguramente hoy era mi día de suerte. 
—Te salvaste hoy Ruíz pero veremos la próxima —comentó mientras tomaba su maletín del escritorio y salía del salón, observando cómo algunos alumnos guardaban sus útiles en sus morrales para irse lo más pronto de aquel lugar.

—Eso es a lo que yo llamo suerte —susurré para mí misma mientras comenzaba ha guardar mis cosas en el morral, notando como en el salón de clases todos mis compañeros ya se habían ido. Claro, era normal que ellos salieran tan de prisa. Pues siendo una joven de apenas 15 años de edad, era común que a esa edad los jóvenes tuvieran ciertos "pendientes" después de clases.

Entonces, me levanté con cuidado del pupitre mientras observaba vagamente por la ventana del salón de clases. Estaba en el piso 3, pero aún así logre notar como una limusina muy elegante de color negro se estacionaba enfrente del Instituto donde actualmente estudio. Sonreí un poco sabiendo que esa limusina venía especialmente por mí. Note entonces, un grupo de guardaespaldas que salían con cautela con sus gafas oscuras y elegantes trajes, observando con detenimiento todo el lugar.

Di media vuelta, mientras salía con prisa del salón de clases. Ya no era de sorprenderme que esos guardaespaldas estuvieran en ese lugar, pues mi padre siendo un empresario muy reconocido de la ciudad, tiene mucho dinero. Tanto dinero tiene, que logró contratar a varios de los mejores guardaespaldas para mí; que soy su única hija, para protección personal. Claro, ellos siempre andan como sombras detrás de mí, cosa que me disgusta, sobre todo porque cada vez que terminan las clases tienen que venir a recogerme puntualmente.

¿Cuándo seria el día en que no me sienta acosada por esos hombres?

Y desechando mis pensamientos vagos, comencé a bajar por las largas escaleras del Instituto, no queriendo usar esta vez el elevador por dos simples razones:
Quería tomarme mi tiempo y no quería quedarme atrapada. 
Sí, atrapada… pues no hace más de una semana atrás, una compañera del salón había quedado atrapada en el elevador después que éste había tenido un fallo mecánico y duró alrededor de una hora encerrada en ese lugar. Lamentablemente la chica era claustrofóbica y al momento de rescatarla tuvieron que llevarla de emergencia a algún hospital cercano, debido a una crisis nerviosa que le dio a la pobre. Y claro, todo éste problema origino que muchos de los estudiantes ya no quisieran utilizar el elevador, por temor de correr el mismo riesgo que ella.

El Instituto en donde yo estudiaba era uno de los más lujosos en Nueva York y sobre todo, uno de los mejores del país ya que contaba con excelentes profesores y aulas. Es por eso que era normal saber que el Instituto contaba con las mejores instalaciones, incluyendo elevadores para los alumnos. Mi padre había decidido transferirme a ese Instituto hace meses, diciendo que era uno de los mejores y que era lo mejor, no sólo para mi, sí no para mi educación. Sí es que yo quería tener una buena profesión en el futuro, nada mejor aprovecharla en un Instituto de gran reputación.